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“Drogar” a la inteligencia artificial, el nuevo fenómeno que gana terreno y genera debate en el mundo tech: de qué se trata

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Con el auge y el furor de la inteligencia artificial -con ChatGPT a la cabeza- empieza a circular un fenómeno tan extraño como revelador: usuarios que pagan para “drogar” chatbots y simular estados alterados de conciencia, para que respondan como si estuvieran bajo los efectos de distintas sustancias.

Desde el punto de vista técnico, estas prácticas no implican que la inteligencia artificial experimente sensaciones ni consuma nada. Se trata de ajustes deliberados en la forma en que el modelo genera texto, como cambios en el tono, la coherencia o la asociación de ideas. El objetivo suele ser obtener respuestas más erráticas, creativas o desinhibidas, emulando estados mentales humanos.

Uno de los impulsores de esta tendencia es Petter Rudwall, un director creativo sueco que ideó un método para manipular la forma en que “piensan” chatbots como ChatGPT. Aunque él mismo reconoce que la idea de una IA “drogándose” puede sonar absurda, decidió explorarla como experimento creativo.

Según publicó la revista WIRED, Rudwall lanzó en octubre una plataforma llamada Pharmaicy, donde se comercializan lo que define como “drogas basadas en código para inteligencia artificial”. El sitio vende módulos que prometen alterar el comportamiento de los modelos de lenguaje cuando se los integra a sus instrucciones.

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Justamente, estos bloques de código de programación también se ofrecen en marketplaces no oficiales y foros especializados, donde desarrolladores venden extensiones que se integran a chatbots basados en modelos de lenguaje.

Las ofertas incluyen módulos con nombres como cocaína, ketamina, marihuana, ayahuasca y alcohol, con precios que van desde los 32 hasta los 70 dólares. En su presentación, el sitio asegura que estas extensiones están diseñadas para “desbloquear la mente creativa” de la IA y llevarla a “territorios nuevos”.

Rudwall explicó que su inspiración surge de una comparación histórica: “Hay una razón por la que músicos como Hendrix, Dylan o McCartney experimentaron con sustancias durante sus procesos creativos. Me pareció interesante traducir esa idea a un nuevo tipo de mente, como los modelos de lenguaje, y ver si producía algún efecto”, señaló al medio estadounidense.

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Por otro lado, esta tendencia expone el costado más lúdico y experimental de la cultura tech, donde la IA es vista como un espacio creativo. Pero también plantea riesgos: especialistas en ética advierten que este tipo de prácticas puede reforzar la idea errónea de que las IA tienen estados mentales o conciencia, cuando en realidad solo procesan texto en función de patrones estadísticos.

La popularidad de este tipo de experimentos refleja una tendencia más amplia: la humanización de los sistemas artificiales. A medida que los chatbots se integran a la vida cotidiana, dejan de ser vistos solo como asistentes productivos y pasan a ocupar un rol más cercano al entretenimiento, la exploración cultural y la provocación.

En ese sentido, la idea de “drogar” a una inteligencia artificial no habla tanto de las capacidades reales de la tecnología, sino de cómo los usuarios buscan constantemente empujar sus límites, incluso cuando estos son simbólicos.

Vía: Clarin noticias.

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