Por Jazmín Fernández
Hay fechas que se convierten en parte de la memoria colectiva. El 3 de junio es una de ellas. Desde aquel 2015 en que miles de personas ocuparon las calles de todo el país para decir basta a la violencia machista, la consigna Ni Una Menos se transformó en mucho más que una movilización: pasó a ser una expresión social que interpela a distintas generaciones y atraviesa fronteras partidarias, ideológicas y territoriales.
Este miércoles, Ayacucho volvió a sumarse a esa convocatoria nacional.
La Plaza San Martín fue el punto de encuentro de una movilización organizada por el Grupo de Mujeres y Disidencias, que luego recorrió las calles de la ciudad acompañada por una buena cantidad de vecinas y vecinos de distintas edades y miradas políticas. Hubo carteles, testimonios, intervenciones y, sobre todo, una necesidad compartida de hacerse presentes y decir: acá estamos.



Las consignas de este año estuvieron atravesadas por preocupaciones concretas. Por un lado, el rechazo al proyecto conocido como “ley de falsas denuncias”, cuestionado por distintos colectivos por considerar que puede convertirse en una herramienta de disciplinamiento hacia quienes denuncian situaciones de violencia y reclaman justicia. Por otro, la preocupación por el desmantelamiento de políticas públicas nacionales destinadas a prevenir, asistir y erradicar las violencias por motivos de género.
El encuentro también estuvo atravesado por una pregunta de fondo: qué ocurre con los avances conquistados durante la última década. Aquellas luchas que lograron instalar discusiones históricamente postergadas, desde el reconocimiento de derechos para mujeres y diversidades hasta la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, hoy aparecen nuevamente en el centro de la disputa pública. La llamada “ola verde”, que generó transformaciones profundas y abrió debates que atravesaron a toda la sociedad, enfrenta un escenario donde ganaron legitimidad discursos que cuestionan buena parte de esos consensos construidos.
Sin embargo, más allá de las discusiones políticas, la realidad sigue golpeando con fuerza. La violencia machista nunca desapareció. Sigue presente en los hogares, en los vínculos, en las historias que conocemos y también en las experiencias que muchas mujeres y diversidades atraviesamos en silencio.
El reciente femicidio de Agostina, la adolescente de apenas 14 años hallada sin vida días después de su desaparición en Córdoba, volvió a sacudir a la sociedad argentina. Su caso expuso fallas institucionales, ausencias estatales y una práctica que persiste: poner bajo la lupa la vida de la víctima antes que la responsabilidad del agresor. Su nombre estuvo presente en muchas de las reflexiones que atravesaron la jornada.
Ayacucho tampoco es ajeno a esta problemática estructural e histórica. Durante años, muchas situaciones se ocultaron detrás del silencio, se hablaron en voz baja o fueron minimizadas. Por eso, la movilización tuvo también un significado local: visibilizar aquello que existe aunque a veces se prefiera no verlo.
A once años del primer Ni Una Menos, las calles volvieron a llenarse de voces. Algunas llegaron desde la experiencia personal, otras desde el compromiso colectivo, pero todas coincidieron en una misma certeza: la violencia sigue siendo una deuda pendiente y la construcción de una sociedad más justa e igualitaria continúa siendo una tarea necesaria.
Porque cuando una comunidad decide reunirse para nombrar aquello que duele, para acompañar a quienes sufren y para reclamar respuestas, el mensaje es claro. En Ayacucho, una vez más, hubo quienes eligieron decir presente.
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