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martes, marzo 31, 2026
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Hubo un tiempo en que Ayacucho se caminaba distinto.

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AYACUCHO – El paso era más lento, más sereno, como si el pueblo entero respirara al ritmo del viento que cruzaba los árboles y se posaba sobre las calles. Aquellos caminos de adoquines no eran solo calles: eran huellas vivas, testigos silenciosos de una época en que cada sonido tenía su propio eco y cada esquina guardaba una historia.

Los adoquines estaban allí, gastados, irregulares, pero firmes. Bajo los pies, se sentía una especie de música: el ruido de los carros, el trote de los caballos, el golpeteo suave de los zapatos cuando alguien volvía del trabajo o se acercaba a la casa de un amigo. En esas calles se cruzaban miradas, saludos y sueños; eran, sin quererlo, el escenario de la vida cotidiana de un pueblo que aprendía a crecer sin perder su alma.

Había bancos de madera en las veredas y faroles que alumbraban débilmente las noches, cuando el silencio se mezclaba con los grillos y el aroma de los jazmines. Los niños jugaban descalzos entre las piedras, ajenos al paso del tiempo, mientras los mayores conversaban al fresco, dejando que cada palabra quedara flotando sobre el empedrado, como una promesa de permanencia.

Con los años, muchas de esas calles fueron cambiando. El asfalto, gris y moderno, llegó para cubrir lo antiguo, para apurar los pasos y borrar un poco de aquella calma que enseñaba a mirar. Sin embargo, aún quedan algunos tramos, algunos rincones donde los adoquines resisten. Y cuando uno camina por allí, siente algo distinto bajo los pies: una conexión profunda con el pasado, con lo que fuimos y con lo que aún somos en lo más hondo.

Esas calles guardan la voz de quienes ya no están: el eco de una guitarra en una noche de verano, el rumor de los bailes en el club, la risa de los muchachos en bicicleta y el saludo de los vecinos que sabían el nombre de todos. Cada piedra tiene una historia, un secreto, una memoria.

Aunque el tiempo haya avanzado, los adoquines siguen ahí, recordándonos que la identidad no se asfalta, que la raíz no se borra y que la historia vive en cada rincón donde alguna vez caminamos descalzos, de prisa y llenos de sueños.

Ayacucho, con sus calles de adoquines, nos recuerda que la memoria no siempre está en los libros, sino bajo nuestros pasos. Porque cada paso sobre esas piedras es un diálogo con el ayer, una manera de agradecer lo que nos trajo hasta aquí. Y mientras haya alguien que las mire con ternura, esas calles seguirán respirando.

🖋️ Texto: Marcos Trabella Escobar
📷 Fotografía: Alejandro Varela

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Franco Catalano
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