La historia de Sofía “Sofi” Pereyra Miramont, hija de una familia vinculada a Ayacucho, fue publicada por el diario Clarín en el marco del Día de la Persona Donante de Órganos. Tras su fallecimiento, sus órganos fueron destinados a tres chicos que pudieron continuar con sus vidas.
La historia de Sofi volvió a emocionar a la comunidad de Ayacucho luego de que el diario Clarín publicara un extenso testimonio sobre su vida, su enfermedad y la decisión de su familia de donar sus órganos.
La nota tuvo como protagonista a Eugenia Miramont, mamá de Sofi y convecina de nuestra ciudad, quien actualmente reside en Tandil. También el papá de la niña, Sebastián Pereyra, tiene vínculos con Ayacucho.
Una enfermedad que acompañó a Sofi desde los 4 años
Sofía había sido diagnosticada a los cuatro años con una enfermedad cardíaca congénita, el síndrome de QT prolongado, y desde entonces realizaba controles médicos en el Hospital Italiano.
A pesar de haber atravesado otros episodios cardíacos, siempre había logrado recuperarse. Sin embargo, en junio, cerca de cumplir sus 11 años, sufrió un paro cardíaco durante un festejo con sus amigos.
Fue trasladada en un avión sanitario desde Tandil hasta Buenos Aires y quedó internada en el Hospital Italiano. La familia mantuvo durante días la esperanza de que pudiera despertar.
Finalmente, los estudios determinaron que Sofi presentaba un daño neurológico irreversible. Permaneció internada durante 23 días, período en el que sus familiares pudieron acompañarla y comenzar a procesar una realidad que resultaba imposible de aceptar.
Una decisión atravesada por el dolor
Durante la internación, la familia recibió el acompañamiento de médicos, psicólogos, psiquiatras y del comité de ética del hospital. El cuadro de Sofi no era de muerte encefálica, pero los estudios habían determinado que el daño neurológico era irreversible.
En ese contexto apareció la posibilidad de la donación de órganos. Eugenia contó que junto a su marido ya habían hablado sobre esa posibilidad y que habían decidido que, llegado el momento, se concretara.
“El tema que más nos costó fue el de la desconexión”, relató Eugenia en la entrevista publicada por Clarín.
Durante esos últimos días, la familia pudo estar cerca de Sofi. Sus hermanos le contaban lo que había ocurrido durante el día, sus amigas le enviaban audios y sus profesores de folklore le mandaban música. Eugenia incluso le colocaba auriculares para escuchar junto a ella la playlist que le gustaba.
Tres chicos recibieron los órganos de Sofi
Una vez concretada la donación, los órganos fueron asignados a través del sistema coordinado por el Incucai, teniendo en cuenta criterios médicos y de compatibilidad.
Tres chicos recibieron órganos de Sofi. Uno de sus riñones quedó en el Hospital Italiano, mientras que el otro riñón y el hígado fueron destinados a otros centros médicos.
Con el paso del tiempo, el Incucai se comunicó con la familia para informarles que los trasplantes se habían realizado y conocer la evolución de los chicos.
Para Eugenia, recibir esa información significó una forma de alivio en medio del dolor. Saber que otras vidas continuaban gracias a su hija se transformó en una manera de mantener vivo el recuerdo de Sofi.
“Sofi sigue en otras personas”
En su testimonio, Eugenia explicó que la decisión de donar no hizo desaparecer el dolor por la pérdida de su hija, pero sí le permitió encontrar otra manera de atravesarlo.
“Transformar el dolor propio en vida para otro me ayuda a sanar”, expresó.
Y agregó que saber que otras vidas continúan gracias a Sofi le permite sentir que, de alguna manera, su hija sigue presente.
“Como que Sofi sigue en otras personas y continúa en ellos un poco de ella”, señaló.
Una historia que vuelve a poner en debate la donación
La publicación de Clarín coincidió con el Día de la Persona Donante de Órganos, que se conmemoró el pasado 29 de agosto.
La historia de Sofi no solo refleja el enorme dolor de una familia frente a la pérdida de una hija, sino también una decisión que permitió que tres chicos tuvieran una nueva oportunidad.
Desde Ayacucho, el caso adquiere una dimensión especial por el vínculo de la familia con la ciudad y porque vuelve a poner en primer plano el valor de la donación de órganos y la posibilidad de transformar una tragedia en esperanza para otras familias.

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